sábado, 19 de diciembre de 2009

Accidente


YA que ha sido terrible, hijo, pero las cosas cuando pasan, pasan, y ya está, no hay que darles más vueltas, nada gana uno con atormentarse. Lo que te ha ocurrido  (créeme) me duele como si se hubiera producido en mis propias carnes. Pero ¿qué podemos hacer ya si no asumir el hecho  con la mayor entereza y valentía y evitar en lo posible que las cosas vayan a peor? Porque todavía pueden ir a peor, hijo, tenlo por seguro, pues la tensión en la que la pobre Gracielita habrá de vivir en lo adelante no será poca, lo que te la puede llevar fácilmente a cometer cualquier irreparable locura, cualquier disparate. De manera que (así  lo entiendo yo, hijo) debes prodigarle a la pobre muchacha todo el amor del mundo sin desfallecer un solo día, y cuando salgas de aquí dado de alta ni por asomo se te puede ocurrir dejarla sola por un solo  instante, pues aun siendo ella como es una joven sensata y con bastante buen seso y sentido de las cosas, no deja de ser mujer, y, como salta a la vista, en sus mejores años, con lo que hasta lo más terrible tendrías que perdonárselo, pues no sería más que la consecuencia lógica de la terrible situación en la que los dos se hallan inmersos en estos duros momentos...
Y mira, yo creo (a esta  idea le vengo dando vueltas desde que me enteré del doloroso suceso) que sería una muy buena cosa que buscaras la manera de convencer a Gracielita  de  que adopten un muchachito ajeno para criarlo  como propio. Una criaturita en la casa le daría sentido tanto a la vida de  ella como a la tuya propia y, además, te la mantendría ocupada todo el tiempo y con la mente distraída y apartada de lo “otro”, lo que en las actuales circunstancias, hijo, la verdad, no es poco...
Y ya no veo que más  podamos hacer que te sea de  real beneficio y provecho en este dificilísimo trance, hijo. Al perro lo mataste con tus propias manos en el en el acto y en el mismo lugar de los hechos, sobreponiéndote como todo un valiente, con extremos arrojo y coraje, al dolor lancinante y al no menos doloroso espectáculo de ver tu propia sangre manando a borbotones de la espantosa herida. Fue sin duda un acto de gran virilidad y valentía que (quiero decírtelo ahora a boca llena, hijo) me inflama el pecho de legítimo orgullo de padre... “De tal palo, tal astilla”, me dije y me digo y me sigo diciendo. Pero tu heroico acto (no puedo  engañarte, Pablo) no te devolvió lo que perdiste ni ya nada habrá de devolvértelo, nunca,  hijo. ¡Así de simple!
Es esta  la cruda realidad con la que debes aprender a convivir en lo adelante, entendiendo que ése que perdiste no es el único placer que puede brindarle a un hombre la vida y dejando a un lado, de una vez por todas y para siempre (por mí y por Gracielita que te queremos tanto, pero sobre todo por ti mismo, hijo, que todavía tienes una larga y próspera vida por delante…), esas terribles ideas de suicidio que sé que te andan rondando por la cabeza…




4 comentarios:

  1. Profesor Carlos,

    Heme aquí leyendo una vez más este Accidente que, a medida que comienza una leída más, no termino de inferir la conclusión del mismo. Volver a leer sólo me lleva a replantearme los hechos, obtener las más diversas conjeturas y, sin duda alguna, hacerme creer que estoy inmerso en un cuento nuevo una y otra vez.

    ¡Excelente!

    Finalmente, me quedé con la versión del joven que da muerte al perro de su hermana menor a causa de una mordida accidental.

    PD: Aquí está el blog del que le hablé: http://eduardobello.wordpress.com

    Espero sus comentarios.

    Sin más por el momento,
    Eduardo B.

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  2. Me llamo la atencion este cuento, el suspenso con el cual empieza, quien se hiba a imaginar que era de una mordida de un perro a gracielita lo cual llame la atencion con su inico y tenga un final asi sintiendose culpable por la muerte de este.

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  3. Me agrada el inicio de este ya que posee un suspenso el cual llama la atencion desde el principio, no me imaginaria que era de un perro de quien hablaban y se sintiera esa culpabilidad por la muerte de este.

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