sábado, 4 de febrero de 2012

Camión





EL CAMIÓN  dejó atrás un tramo de cerradas curvas zigzagueantes y ganando velocidad se internó en una prolongada recta en declive.
Entonces lo vio. Era un hombre alto y delgado, de pie en mitad del camino, bajo el calcinante sol de la tarde.
Cauto y precavido, queriendo evitar a toda costa cualquier posible accidente, redujo la velocidad del pesado vehículo e hizo  sonar repetidas veces la estridente bocina.
Pero el hombre no se movió ni un ápice de su sitio;   permaneció  allí en medio de pie, erguido cuan largo era, absolutamente imperturbable.
Consternado –“no era plan de llevármelo por delante,  de aplastarlo como una mosca, de cargar por el resto de mis días con  esa muerte sobre mis espaldas”…–, sacó medio cuerpo fuera de la alta y espaciosa cabina y prodigó gestos, señas, muecas, gritos y todavía más bocinazos...
Pero tampoco ahora el hombre se movió de su sitio. Por el contrario, con reconcentrada determinación  –lo veía ya con absoluta nitidez, pues la distancia entre ambos se había acortado ostensiblemente– enfrentó el rojo y enorme camión con actitud hostil y desafiante… como si fuera a hacerlo pedazos con su cuerpo al momento de  producirse el  brutal encontronazo...
Entonces lo vio claro.
 “No existe en el mundo”, se dijo, “fuerza humana capaz de remover a este hombre de su sitio, no  me queda más alternativa (es más que evidente) que plegarme a su  voluntad, asumir con todas sus consecuencias el papel que me  impone, que no es otro que el de instrumento a través del cual él habrá de  dar cabal cumplimiento a su fatal designio...

Y  hundió a fondo el acelerador...

 


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