miércoles, 25 de julio de 2012

Final



AL FINAL se había visto obligado a hacer público el secreto que durante cuarenta y cinco largos años había ocultado a todos y aún incluso (era lo peor) a sí mismo. Ante la expectante muchedumbre que colmaba la plaza, lo reveló.

Él no era más que una apariencia, un simulacro, una engañosa proyección tridimensional. Su esencia y concreción material residía en ellos: los ciudadanos, el pueblo.

Y conforme sus palabras –amplificadas en la plaza por potentes altavoces y difundidas al país a través de los medios– fueron comprendidas y asimiladas, todos vieron (les tomó su tiempo darlo por real y cierto) cómo el atroz y sanguinario tirano se deshacía en el aire, no dejando tras de sí más que su abominable memoria.

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